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Carreteras secundarias

Foto del escritor: Jos Sothoth
Jos Sothoth
6 oct 2014
4 min de lectura

Con el paso del tiempo, y a medida que vas cumpliendo años, van siendo minoría aquellas situaciones que realmente te sorprenden. Lejos queda ese tiempo inocente en que todo a tu alrededor era nuevo y cada día que pasaba se convertía en un torrente de nuevas experiencias y conocimientos. A todo ello se suma la continua conexión a todo tipo de información en cualquier momento y lugar. El auge de Internet, los smartphones, la prensa digital, todo parece estar conectado y por tanto es difícil llegar a vivir algo sin algún información previa.

Esto, aplicándolo al cine, es de especial relevancia debido a la numerosa información que podemos obtener de una película meses o incluso años antes de su estreno en las grandes salas. Nuevas imágenes con las que empezar a captar la atención de los potenciales espectadores, una copia de dudosa procedencia semanas antes del estreno oficial, numerosos trailers que nos puedan llegar a estropear las mejores partes de la cinta, entrevistas con el reparto, y un largo etcétera.

Los que me conocen saben perfectamente que el cine patrio nunca ha sido mi especialidad. Y no por prejuicios, que conste, solo que me gusta vivir el cine en momentos concretos, y puede que el tren del cine español aun estuviese esperando a que me subiese a el. Consumidor habitual de cine internacional y de series de televisión por igual, son muy pocas aquellas ocasiones en las que de verdad me sentí atraído por ir a un cine a ver un producto rodado en integro castellano.

De este año 2014 al que le quedan solo unos meses de vida, recordare el tour de force maravilloso vivido entre los meses de Abril y Septiembre con Carmina y Amen, de Paco León; El Niño, de Daniel Monzón; y La Isla Mínima, de Alberto Rodriguez. Y es en esta ultima cinta donde me quiero detener, no por ser solo la mas completa de las tres que menciono, sino porque fui a verla sin apenas información previa, y por las sensaciones que me provoco durante y tras su visionado.


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1980. En un pequeño pueblo cercano a las marismas del Guadalquivir dos chicas han sido encontradas muertas. Para investigar el caso, desde la capital, mandan a dos detectives de homicidios con métodos y perfiles muy alejados entre si, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Luis Arévalo), que por circunstancias no atraviesan su mejor momento en el cuerpo policial. Y es en este sitio, aquel donde parece haberse detenido el tiempo, opaco al resto del mundo, donde tendrán que enfrentarse a su propio pasado para intentar resolver el caso, y comprobar que la linea que separa a ambos es mas estrecha de lo que parece.

Arrastrándonos con su ritmo lento, pero necesario; con sus terrenos pantanosos, fango, lluvia, sol, las gentes de lugar, las miradas y silencios que dicen más que mil palabras o la excelsa fotografía de Alex Catalán, con la trepidante persecución nocturna a un Dyane 6 blanco como ejemplo de un montaje soberbio, La isla mínima nos empapa y envuelve por completo en una atmósfera de la que resulta difícil escapar.


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Pese a que el cuidado en que el retrato sea muy parejo en interés, resulta imposible no apreciar la querencia del film por Juan, el personaje que Javier Gutiérrez interpreta de forma absolutamente magistral. El actor amarra con una solidez apabullante la bestia sabia, violenta, sagaz, expeditiva, tajante, enferma, intuitiva e imprevisible que le toca en suerte ajustar en pantalla. Por el rostro sudoroso, atento y expectante del intérprete le adivinamos los rastros de un pasado con tiempos mejores para la justicia tomada al albedrío sabueso de su mano: las escenas en las que se visualiza cómo se las apaña frente al padre de la niñas o frente al chaval que irrumpe en el coche (Jesús Castro), dan buena cuenta de lo que digo.

De alguna manera, la cinta empareja el perfil del personaje al espacio donde se desarrolla la acción: ambos esconden secretos, ambos arrastran penurias morales, ambos sudan el fango de quien afirma su existencia sobre fatalidades no resueltas. El policía es un personaje con muchos meandros, con muchas aguas estancadas, con muchas líquidas profundidades en los abismos de su alma. Juan es una marisma humana obligada a calmar el hedor de fondo.

El paisaje acuático, seco, luminoso, inhóspito, difícil, lleno de canales, de terrenos áridos sin cultivar que brinda el enclave elegido añade tensión, brumas,a las acciones en él escenificadas. La lugar escogido se convierte en personaje omnipresente, sabedor y testigo de todo lo allí escondido, enterrado. Del contraste habido entre las bellísimas e inquietantes imágenes aéreas a la sensación de ser una jaula irrespirable dentro de la cual personajes y acontecimientos revolotean.


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No queda más remedio que alabar la valentía del director sevillano para aprovechar la ocasión y trazar una reflexiva mirada histórica mediante la narración de los hechos acaecidos en su guión. La España recién salida de una dictadura militar, recién invitada a disfrutar de una democracia que debía tratar de restituir una serie de derechos, aptitudes y comportamientos fue incapaz de zanjar con justicia el paso de un tiempo oscuro a otro al que se le suponían esperanzas atrasadas. Las cañerías que alimentaron al monstruo no fueron destruidas.

Se trata, sin mas, de la mejor película española del año para el que esto suscribe, una especie de ensayo poético sobre el mal, un viaje a través de nuestro pasado reciente y los claroscuros de una época lejana pero de vital importancia en toda nuestra historia. Un verdadero deleite para los sentidos que acabare con un interrogante: ¿para cuando una película así sobre el Caso Alcasser?

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